Una publicidad de apuestas deportivas volvió a poner a Diego Maradona frente a cámara, esta vez mediante inteligencia artificial. La campaña, difundida durante el Mundial, muestra una versión rejuvenecida del exfutbolista promoviendo una plataforma de juego online con un tono desafiante y emocional. El impacto fue inmediato en Argentina, donde la pieza abrió una discusión que va mucho más allá de la tecnología publicitaria.
La reacción pública no giró solo alrededor del uso de IA, sino alrededor de una pregunta más incómoda: si una persona fallecida puede ser recreada digitalmente con autorización legal, ¿eso alcanza para volver legítimo cualquier mensaje puesto en su boca? En el caso de Maradona, la sensibilidad es todavía mayor por el peso simbólico de su figura y por el contexto social en el que aparece el anuncio.
La publicidad de BetWarrior, titulada “Gente con pelotas”, utiliza un clon digital de Maradona para asociar coraje, hombría y apuestas online. La campaña apareció en un momento delicado para Argentina, donde la preocupación por la ludopatía juvenil viene creciendo y donde el debate sobre apuestas deportivas dejó de ser marginal para convertirse en un asunto público.
Ese cruce entre figura popular, memoria nacional y promoción del juego fue lo que encendió las críticas. Para muchos admiradores del exjugador, el problema no fue solamente técnico ni legal. Fue simbólico. La pieza no solo revive a Maradona, sino que lo hace decir algo que una parte del público percibe como contradictorio con mensajes que él mismo dio en vida sobre salud, juventud y dinero.
El hecho de que la campaña haya sido autorizada por sus herederos no cerró la controversia. Al contrario, la volvió más compleja. La discusión dejó de ser si el uso era clandestino o no, para pasar a otra capa: hasta dónde llega el derecho de explotación comercial de una figura fallecida cuando esa figura también pertenece, en cierto sentido, a la memoria colectiva de un país.
El caso expone una tensión que será cada vez más frecuente en la economía digital. Por un lado, existe una dimensión patrimonial clara: la imagen, la voz y la identidad de una celebridad tienen valor comercial y pueden ser licenciadas. Por otro, existe una dimensión que no encaja tan fácilmente en contratos: dignidad, trayectoria, contexto cultural y memoria social.
Ese es el punto central del debate. En marcos tradicionales, si los herederos autorizan el uso, la operación parece jurídicamente defendible. Pero los clones digitales hiperrealistas cambian la escala del problema. Ya no se trata solo de reutilizar una foto o un archivo histórico. Se trata de fabricar presencia, gesto, voz y discurso nuevo con apariencia de autenticidad.
La pregunta entonces no es únicamente quién puede firmar una licencia, sino qué tipo de usos deberían tener límites incluso cuando existe autorización. En otras palabras, la IA obliga a distinguir entre lo jurídicamente habilitado y lo socialmente aceptable.
Argentina no cuenta hoy con una ley específica sobre clones digitales de personas fallecidas. El uso post mortem de la imagen se apoya en normas dispersas, como disposiciones sobre retrato, derechos personalísimos e intervención de familiares o herederos. Ese andamiaje puede servir para conflictos clásicos, pero queda corto frente a tecnologías capaces de producir versiones nuevas, convincentes y escalables de una identidad humana.
El problema no es exclusivo de Argentina. En distintos países, las respuestas regulatorias avanzan más lento que la capacidad técnica de reconstruir rostros, voces y comportamientos. La mayoría de los marcos actuales siguen organizados alrededor de conceptos heredados de otra era: copyright, propiedad, consentimiento, licencias y derecho de imagen. Son herramientas útiles, pero insuficientes frente a un entorno donde la simulación ya no parece simulación.
Esto empieza a conectar con debates emergentes como el de la identidad digital después de la muerte, los llamados griefbots y los fantasmas generativos. No se trata solo de si una tecnología funciona bien, sino de qué sucede cuando convierte a una persona fallecida en un activo programable para publicidad, entretenimiento o persuasión comercial.
El uso de Maradona en esta campaña deja una señal clara para marcas, plataformas y estudios creativos que trabajan con inteligencia artificial. La cuestión ya no es si se puede reconstruir digitalmente a una figura pública. Eso ya es posible y comercialmente viable. La cuestión crítica es quién define los límites cuando esa reconstrucción afecta memorias compartidas, emociones colectivas y debates sociales sensibles.
En publicidad, la IA abre una nueva frontera de eficiencia creativa, pero también una zona de riesgo reputacional muy alta. Cuanto más conocida y querida es una figura, más fuerte puede ser la reacción cuando su clon digital se percibe como manipulación, explotación o degradación de su legado. En ese sentido, el caso Maradona funciona como advertencia temprana para toda la industria.
También revela algo más profundo: la inteligencia artificial no solo está cambiando cómo producimos contenido, sino cómo administramos la ausencia. Y cuando la ausencia involucra íconos culturales, el debate deja de ser técnico para convertirse en una disputa sobre poder simbólico, autoridad moral y control de la memoria.
La inteligencia artificial puede ampliar las capacidades creativas de una industria, pero no debería vaciar de contexto humano a las personas que convierte en producto. Ese es uno de los grandes desafíos de esta etapa: construir herramientas poderosas sin romper los marcos éticos que sostienen la confianza pública.
En temas como identidad, memoria y representación, la discusión no puede quedar reducida a si algo fue autorizado o si técnicamente salió bien. También importa si preserva dignidad, si entiende el impacto cultural del uso y si reconoce que no todo lo posible debe convertirse en campaña.
La colaboración entre tecnología, derecho y criterio editorial será clave para evitar que la próxima generación de sistemas generativos normalice usos que el público termina percibiendo como abuso. La IA necesita escala, pero también necesita límites claros.
NoxCorp es una empresa enfocada en sistemas de inteligencia artificial que optimizan el trabajo humano y coordinan la colaboración entre agentes de IA y personas, apoyándose en humanos para tareas que la IA aún no puede ejecutar completamente.
Por Anna NoxCorp
Twitter: @NoxCorpIA
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